Este suceso nos obliga a preguntarnos: ¿Hasta qué punto ha escalado la violencia en nuestras comunidades? ¿Qué tan vulnerables están incluso las autoridades? ¿Qué mensaje envía este tipo de ataque a la ciudadanía? Y, sobre todo, ¿qué está pasando realmente con la seguridad en la zona Norte y en todo el país?
Un ataque directo que apunta a un problema mayor
De acuerdo con el informe preliminar, varias personas aún no identificadas dispararon repetidamente contra la residencia del alcalde. La escena habla por sí sola: impactos en la ventana principal, proyectiles que cruzaron un espacio familiar, y el terror de una familia que pudo haber sido víctima de una masacre sin sentido.
Mientras tanto, el alcalde Peralta se encontraba fuera, cumpliendo compromisos municipales. Al regresar, su reacción reflejó no solo angustia, sino desconcierto:
“Nunca le hemos hecho mal a nadie. No tenemos enemigos declarados… Lo único que me preocupa es la familia”.
La investigación: ¿respuesta o rutina?
Hasta ahora no hay detenidos, no hay hipótesis oficial, no hay pistas divulgadas. Y mientras tanto, una comunidad entera queda con la sensación de que cualquiera puede ser víctima, en cualquier momento, sin explicación.
La seguridad: ¿una crisis silenciosa?
La zona Norte, y el país en general, han experimentado en los últimos años un aumento de hechos violentos que parecen responder a una mezcla peligrosa:
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Criminalidad organizada que se expande.
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Conflictos locales que escalan sin control.
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Una justicia que, en ocasiones, parece insuficiente o tardía.
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Una Policía que intenta responder, pero enfrenta sus propias limitaciones.
Porque si un ataque armado contra la casa de un alcalde no causa un terremoto institucional, ¿qué sí lo hará?
Un país cansado… pero no indiferente
Es imposible no sentir empatía por una familia que estuvo a centímetros de una tragedia. Es imposible no sentir indignación porque este hecho ocurre en un territorio donde la gente ya vive con miedo, donde muchos ciudadanos evitan salir de noche o miran por encima del hombro al caminar.
¿Qué sigue ahora?
El alcalde ha pedido calma y confía en que las autoridades harán su trabajo. Pero más allá del caso particular, queda una reflexión profunda:
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¿Estamos realmente protegidos?
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¿Estamos atacando las raíces de la criminalidad o simplemente reaccionando a sus consecuencias?
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¿Puede la población confiar en que estos hechos no quedarán impunes?
Son preguntas que las instituciones deben responder con hechos, no solo con declaraciones.
Lo ocurrido en Navarrete no es un episodio aislado; es un recordatorio urgente de que la seguridad no puede seguir siendo una promesa incumplida. Es un llamado, uno más, a repensar las estrategias, fortalecer la prevención y devolverle la tranquilidad a una población que ya no quiere vivir con miedo.
FERNANDO CASTILLO
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