Aunque no resido en el municipio, cada día transito hacia mi lugar de trabajo en la comunidad rural de El Coco, una zona que algunos dicen pertenece a Juan de Herrera y otros a Cañafístol. En ese trayecto he podido observar de cerca una situación alarmante: basta con que llueva media hora para que las calles queden completamente inundadas. El agua se acumula sin encontrar salida, convirtiendo las vías en verdaderos ríos que imposibilitan el paso de peatones y vehículos.
Esta situación revela una gran deficiencia en la infraestructura municipal. No existe un sistema de drenaje pluvial adecuado que permita el desagüe rápido de las aguas, y las cañadas o alcantarillas, cuando existen, están obstruidas o en mal estado. Lo que debería ser un problema técnico se ha transformado en un síntoma de falta de planificación y gestión urbana.
Las inundaciones no solo afectan la movilidad, sino también la salud y la economía de los residentes. Con cada aguacero, las calles se deterioran, las viviendas se ven amenazadas y aumenta el riesgo de enfermedades por aguas estancadas. Si esta situación persiste, el futuro de muchas familias podría verse comprometido.
Desde mi perspectiva, es urgente que las autoridades locales y del gobierno central asuman este tema con responsabilidad y visión de futuro. La construcción de un sistema de drenaje eficiente, el mantenimiento periódico de los canales naturales y la educación ciudadana sobre el manejo de desechos son pasos esenciales para evitar que el municipio continúe sufriendo por cada lluvia.
El agua es vida, pero cuando no se le da el cauce adecuado, se convierte en una amenaza. Juan de Herrera merece soluciones que estén a la altura de su gente y de su realidad.